dijous, 28 de juliol del 2011

El inicio

En el breve periodo de dos meses sus ojos habían cambiado por completo. Las dos turquesas que antes brillaban con fuerza y carisma ahora se veían reducidas a pequeñas motas grisáceas hundidas en la profundidad de dos cuencas púrpuras.
Todo, absolutamente todo lo que la rodeaba le provocaba un achacante dolor, tanto físico como anímico. Todo;  la playa, el instituto, los pájaros, las películas. Todo.
La alegría que solía brillar de forma innata en ella se había evaporado de forma instantánea, arrancando también la dulzura y la paciencia de su forma de ser. Nada tenía un sentido lo bastante sólido como para llenarla, nada era suficientemente importante como para hacerla sentir mínimamente bien, viva.
Ahora, su día a día, todo lo que había sido y construido, las buenas notas,  la danza, las clases de piano, el cariño hacia sus padres y su hermana mayor, la simpatía y la pasión por la moda, todo, se había quemado hasta la raíz, dejándola vacía e insensible hacia cualquier aspecto de la vida.
Hubiera querido gritarle al mundo el dolor que sentía, la insoportable sensación de estar quebrada por dentro. Chillar, arañar y vomitar de la angustia que guardaba en su interior y la torturaba cada minuto del día. No había nada que saciara la agonía que la perseguía, ni la terapia, ni los grupos, ni las largas vacaciones, ni el apoyo de su familia. Nada hacía que se sintiera un poco más desahogada.

Pero ahora ella se dormía por fin en un mar granate oscuro, tranquila, suspirando de alivio mientras los párpados iban cayendo lentamente, relajados.
Había escrito tres cartas de despedida, una a sus padres, otra a su hermana mayor y otra a su novio. Esas cartas le habían costado las pocas fuerzas que le quedaban, pero al menos no había derramado una sola lágrima al escribirlas. Estaba segura y aliviada, consciente de lo que hacía: cortar en seco su dolor.
Tampoco había sido una decisión fácil, sabía todo lo que dejaba atrás, pero el inmenso dolor que sabía que le deparaba el futuro era tan extremadamente insoportable que la balanza se había acabado por inclinar sola.
Y así, mientras pensaba todo esto, entretanto que desmenuzaba las razones de su decisión, su vida se iba apagando como una pequeña vela, sumiéndose en el sueño más profundo que existe, dejando atrás, al fin, todo el suplicio y el tormento que había tenido que soportar

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