dijous, 14 d’abril del 2011

Heartbeats

Ayer, sentada en el autobús, tenía delante a la anciana más bonita que he visto nunca. Tenia el pelo completamente blanco,bien peinado sin necesidad del tan típico acartonamiento de peluquería. Tenia la piel pálida, no enfermiza sino todo lo contrario, sus pómulos estaban sonrojados bajo la capa de pequeñas y finas arrugas que le sembraban la cara. Y sobretodo, tenía unos espectaculares ojos azules, que muy lejos de quedar apagados por el desgaste de la edad, brillaban como dos turquesas. Sonreía a toda persona joven que entrara en el autobús, desviando la mirada cada pocos segundos a sus manos, pequeñas y encogidas por lo que supongo que era la artrosis.

Se puede tener un alma joven atrapada en un cuerpo de ochenta años?  Porque eso fue lo que sentí que transmitía. Tenía la mirada tan viva y el cuerpo tan apagado que parecía que algo fuese a escaparse de dentro de ella, flotando dentro del autobús, desapareciendo por la ventana.
Me sentía extrañamente cercana a ella, como si yo pudiese entenderla. ¿Como debe ser sentirse  capaz de vivir mentalmente otros ochenta años y que tu cuerpo haya perdido toda la fuerza y rapidez, la agilidad y la gracia? Que te cueste subir los escalones más bajos, teniendo miedo de tropezar con la piedra más diminuta. No tener apenas fuerza para salir a la calle a disfrutar del sol, del viento o de la lluvia. Que el tiempo pase, día a día, y que lo único que ocurra es que tengas los momentos suficientes para recordar a la gente que se ha ido de tu lado, para darte cuenta de que los que están todavía contigo tienen ya sus vidas y no te necesitan.

Al pensar en todo esto ( mientras no podía apartar los ojos de ella) , me entró el pánico. El terror de sentir que malgasto el tiempo, que el miedo a ser feliz y sufrir me está haciendo perder los mejores años de la vida. Puede que las nubes que ocupan el tejado de casa me hagan pensar demasiado en la juventud y en lo efímero de una buena vida, pero es totalmente cierto.
Esta pequeña anciana tenía toda la pinta de haber vivido lo invivible, y aún lo había disfrutado tanto que se había quedado con ganas de más.



¿Por qué no ser iguales?

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