Desde bien pequeñita, Daphne tenía una extraña dolencia. Poco a poco y sin remedio, iban creciendo pequeñas hojas de hiedra oscura por todo su cuerpo. Todo empezó el día en que el cielo murió amarillo macilento, enfermizo. Al día siguiente Daphne se despertó con una pequeña hoja de hiedra en la clavícula. Le dolía y era molesta, así que se la arrancó. De la pequeña herida brotó sangre oscura, muy oscura, a la vez que rapidisimamente volvía a crecer la hoja. No quería decírselo a nadie, pero cuando llegó el verano era perfectamente visible, y sus padres se dieron cuenta. A partir de ese momento llegaron los médicos y los psicólogos, pero con ellos también llegaron más hojas. Algunas era verdes esmeralda, preciosas. Otras parecían podridas, de un negro tan profundo que apenas de distinguían los nervios. Se mezclaban y cada vez crecían con más fuerza, pero nadie sabía que ocurría. Llegaron tiempos aún más difíciles, tiempos en que la luna se escondía demasiado pronto, tiempos en que la noche era revoltosa y angustiosa y que provocaron un brote enorme de hojas de hiedra. Daphne tenía prácticamente todo el torso lleno de delicadas hojas trepadoras y eso provocó una enorme inmersión en si misma; apenas hablaba, apenas dejaba que nadie la observase atentamente.
Y de repente llegó Dorian. Fue una noche alegre, divertida en la que Daphne no se consentía pensar en los atardeceres amarillos ni en las noches que morían demasiado jóvenes. Se encontraron en medio del silencioso bullicio, fue como si nada más que sus miradas estuviese allí. Dorian la miró y ella no pudo evitar desabrocharse la camisa y enseñarle las hojas de hiedra.
El la tapó, la llevó a casa y la tumbó en una preciosa y enorme cama. La desvistió y examinó con delicadeza cada una de las hojas.
No dijo nada y volvió a vestirla. La besó con fuerza y la acompañó a casa.
Al día siguiente, y al otro, y al otro, Dorian se dedicó en cuerpo y alma a tener cura de las hojas. Les hablaba, las escuchaba y las volvía a escuchar. Abrazaba a Daphne y volvía a examinar las hojas. Poco a poco, con el paso de los meses, Dorian consiguió que la mayoría de las hojas menguasen hasta tal punto que solamente quedaban pequeños puntos negros allí dónde había crecido la hoja. Curiosamente, solo desaparecían las hojas negras, las que simulaban la podredumbre del cuerpo de Daphne. Al resto, las esmeraldas, las mimó y las hizo arraigar con más fuerza.
Solamente él, únicamente Dorian entre el resto del mundo había sido capaz de hacer ver a Daphne que, sus cicatrices eran buenas y malas, que podía aprender de ellas y que podía cuidar a las que la hacían más fuerte. Al resto, las que la alienaban, podía deshacerse de ellas.
Solamente Dorian podría haberle cambiado de tal manera como para que Daphne enseñara sus cicatrices orgullosamente.
divendres, 22 de març del 2013
divendres, 1 de març del 2013
Puzzle
Akira siempre observaba como su abuela pintaba de azul las piezas del enorme puzzle que colgaba de la pared de su habitación. Eran distintos tonos de azul, unos más brillantes que otros, en turquesa, marino o pastel. Akira se sentía relajado, como si con cada pequeña pincelada sus nervios habituales muriesen poco a poco. Cada día, al atardecer, su abuela pintaba una pieza.
- Y el abuelo por qué pinto su puzzle de color rojo¿ -Preguntó a su arrugadita abuela
- Porque era el color de la guerra.
- Qué pasará cuando acabes de pintar el tuyo¿
Quedaba casi la mitad del puzzle, aunque parecía que el mar añil avanzaba con presteza,
- Lo mismo que pasó cuando tu abuelo lo terminó.
Akira recordaba como su abuelo Hiroshi había terminado su puzzle entre lágrimas.
- Pero yo no quiero que te vayas .- dijo el niño
- Es ley de vida cielo, en nuestra familia, a partir de los ochenta, uno debe empezar a pintar un puzzle con el color que más le represente.
Y cuando Akira miró a su abuela supo que en pocos meses debería despedirse de ella, tal y como ocurrió con su abuelo. Extrañamente, una paz le envolvió, consciente de que era una decisión tomada sin prisas, con todo el afecto del mundo hacia su propia vida. La tradición familiar pues, no era más que una puesta en escena para la obra final, y aquello facilitaba la superación del miedo y el dolor.
Akira sonrió, feliz, y decidió que su puzzle sería algun día verde, como los extraños ojos de su abuela.
- Y el abuelo por qué pinto su puzzle de color rojo¿ -Preguntó a su arrugadita abuela
- Porque era el color de la guerra.
- Qué pasará cuando acabes de pintar el tuyo¿
Quedaba casi la mitad del puzzle, aunque parecía que el mar añil avanzaba con presteza,
- Lo mismo que pasó cuando tu abuelo lo terminó.
Akira recordaba como su abuelo Hiroshi había terminado su puzzle entre lágrimas.
- Pero yo no quiero que te vayas .- dijo el niño
- Es ley de vida cielo, en nuestra familia, a partir de los ochenta, uno debe empezar a pintar un puzzle con el color que más le represente.
Y cuando Akira miró a su abuela supo que en pocos meses debería despedirse de ella, tal y como ocurrió con su abuelo. Extrañamente, una paz le envolvió, consciente de que era una decisión tomada sin prisas, con todo el afecto del mundo hacia su propia vida. La tradición familiar pues, no era más que una puesta en escena para la obra final, y aquello facilitaba la superación del miedo y el dolor.
Akira sonrió, feliz, y decidió que su puzzle sería algun día verde, como los extraños ojos de su abuela.
Michicant
Puede
que todo fuese un sueño, pero Matt estaba seguro de que, a lo lejos,
a través del cristal, alguien estaba susurrando su nombre. Su madre
dormía con él por si tenía pesadillas desde que su padre decidió ir a matar a los alemanes. Pero Matt sabía y había visto
como quien tenía pesadillas era ella. Sin hacer ruido, metió sus diminutos pies en
sus diminutas zapatillas de terciopelo gris y se acercó de puntillas a la oscura
ventana. Fuera nevaba y eso le animó, siempre había adorado jugar a
cazar estrellas de hielo. Aunque ahora eso no tenía importancia, así
que se encaminó hacia el corredor con valentía. Mina, su nana,
dormía roncando escandalosamente con un pie fuera de la cama. A Matt
siempre le hacía gracia esa imagen, como si Mina necesitase tocar
con un pie en el suelo para no perderse para siempre entre sus
sueños. Antes de llegar al portón principal volvió a escuchar como
la voz le llamaba, pero esta vez se asustó. Y si se trataba de ese
señor que su madre siempre le decía? El que siempre se llevaba a
los niños para venderlos a otros hombres malos.
Pero
no, no podía ser. La voz era amable, y además, ni siquiera los
señores malos salen a la calle con ese frío.
Caminó
abrazándose las costillas, tiritando irremediablemente. Buscaba la
voz, esa voz que le llamaba dulcemente, sacandole de la cama.
-
Matt? Matt cariño
Se
giró alarmado. Matt tenía siete años y se consideraba el niño más
valiente de la clase, pero había que reconocer que esa situación
asustaría a cualquiera, incluso a Joe, el chico más fuerte del
curso.
-Quién
es? -dijo con voz aguda.
-Ven,
estoy aquí.
Matt
se encaminó hacia donde procedía la voz, intentando ser tan
valiente como le prometía a su madre que era cada noche.
Una
figura alta y morena estaba de rodillas, de manera que quedaban cara
a cara.
-Papá?
- chilló
-Shhhht...mamá
no debe oirnos. Esto será nuestro secreto, está bien?
-Claro
– sonrió- Cuantos malos has matado? Mamá dice que estás salvando
el mundo.
-Eso
no importa ahora campeón. Dime una cosa, tu madre está bien?
-Bueno...llora
por las noches, ella se piensa que duermo, pero no, puedo oirla. Creo que te echa
mucho de menos.
-Y
yo a ella campeón – se quedó serio, aunque enseguida volvió a
colocar su clásica sonrisa.- Tienes que irte ya a dormir, nos
veremos muy pronto, de acuerdo?
-Sí,
muy pronto. Prométemelo
-Prometido
cariño. Va corre.
Matt
se metió en la cama con el corazón desbocado. Cerró los ojos con
fuerza e intentó volver a dormirse, tarea inútil.
No
fue posible hasta que no sé dio cuenta que su pie estaba congelado,
ya que llevaba horas fuera de la colcha,intentando tocar el suelo.
dissabte, 26 de gener del 2013
A un desconocido
¡Desconocido que pasas! No sabes con cúanto ardor te contemplo,
Debes ser el que busco, o la que busco (esto me viene como en sueños),
Seguramente he vivido contigo en alguna parte una vida de gozo,
Todo se evoca al deslizarnos el uno cerca del otro, fluidos, afectuosos, castos, maduros,
Tú creciste conmigo, fuiste un muchacho conmigo o una muchacha conmigo,
He comido contigo y he dormido contigo, tu cuerpo ha dejado de ser sólo tuyo y ha impedido que mi cuerpo sea sólo mío,
Tú me das el placer de tus ojos, de tu rostro, de tu carne, al pasar; tú me tocas la barba, el pecho, las manos, en cambio,
No debo hablarte, debo pensar en ti cuando esté sentado solo o me despierte solo en la noche,
Debo esperar, no dudo que te encontraré otra vez,
Debo cuidar de no perderte.
Debes ser el que busco, o la que busco (esto me viene como en sueños),
Seguramente he vivido contigo en alguna parte una vida de gozo,
Todo se evoca al deslizarnos el uno cerca del otro, fluidos, afectuosos, castos, maduros,
Tú creciste conmigo, fuiste un muchacho conmigo o una muchacha conmigo,
He comido contigo y he dormido contigo, tu cuerpo ha dejado de ser sólo tuyo y ha impedido que mi cuerpo sea sólo mío,
Tú me das el placer de tus ojos, de tu rostro, de tu carne, al pasar; tú me tocas la barba, el pecho, las manos, en cambio,
No debo hablarte, debo pensar en ti cuando esté sentado solo o me despierte solo en la noche,
Debo esperar, no dudo que te encontraré otra vez,
Debo cuidar de no perderte.
diumenge, 23 de desembre del 2012
Frases falsas
Lo que se ha acabado comprobando es que el tiempo no lo cura todo. No,ni mucho menos. El tiempo hace las cosas más llevables, el tiempo hace que nos ocultemos bajo una capa de fuerza de voluntad que durante los primeros meses hace maravillas. Pero hay cosas que el tiempo es incapaz de curar, cosas que dejan una cicatriz tan visible que, aunque esté sanada, se ve tanto que es imposible dejar de pensar en ella. La vemos en todas partes, hasta en zonas del cuerpo que no pertocan. La frase hasta en la sopa sería la más adecuada. Te obsesionas y le das tantísima importancia a la cicatriz que no reparas en el tiempo que hace que te hiciste la herida. Te da igual, no te importa que hayan pasado dos semanas como dos años. Es ese dolor invisible, reflejo, que te acompaña y te recuerda que sigue vive cuando menos lo esperas. Y que, por lo que se ve, te piensa hacer compañía toda la vida.
dissabte, 1 de desembre del 2012
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