Sigo sin conseguir que la insistente sensación de salir corriendo se disuelva. Que la repentina presión por desaparecer de aquí deje de venir a mi como las sorprendentes tormentas de verano. Los rayos cargados de imágenes y los truenos repletos de dolor e incomprensión fluyen a través de un agua que ya ni tan solo me parece fría. Mi cuerpo se acostumbra, y eso es lo que más pánico me da.
No quiero acostumbrarme a nada. A absolutamente nada. Ni al dolor, ni a la pena, ni a los besos, ni a las palabras bonitas. Que nada me parezca algo rutinario, ni lo bueno ni lo malo.
El sentimiento de que la vida se me escurre entre las manos se combina a la perfección con el sentir que ya no vale la pena hacer que la vida merezca un poco más la pena.
Así que otra vez queda el refugiarse en la esperanza de volar de vez en cuando, de solamente ser consciente de las cosas buenas y desechar directamente las malas. De intentar que los bajones no sean algo regular y que ni tan solo luchar contra ellos porque yo soy así. No. Tengo que empezar a vivir intentando esquivar el miedo constante a que alguien de mi alrededor muera,enferme o se tire desde un quinto.
Aunque bueno, me conformo con intentar vivir con un poco de esperanza. Eso sí, de esperanza atemorizada irremediablemente.
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