A lo largo de mi vida siempre me han enseñado a lamerme las heridas. Me han educado de manera que venga el golpe que venga, yo sepa cuadrar los hombros,levantar la barbilla y demostrar al mundo que puedo con eso y más.
Me han enseñado a no avergonzarme de todas esas heridas,al contrario,han hecho que las luzca como señal de supervivencia. A no compadecerme de mi misma.
Tengo que agradecérselo a mis padres, por hacerme ver que la vida puede valer la pena si le pongo empeño, que nada viene regalado pero que cuando viene, viene de verdad. También a mis hermanos, por demostrarme el valor del cariño y la convivencia,del sacrificio uno por el otro.
Aún así, siempre hay momentos de dudas, de caídas en pozos profundos de paredes resbaladizas, de desesperación.
Es en esos momentos cuando la vida te pone a prueba. Siempre, lo más efectivo y rápido, es rendirse. Dejarse caer en esos sueños oscuros pero plácidos hasta que la tormenta pase. Es muy fácil olvidar que las cosas malas pueden llegar de un momento a otro.
No hay que vivir con miedo,pero siempre se tiene que estar alerta.
Es ahora, después de tantos momentos como estos, cuando me doy cuenta que el propósito de vivir es superarse constantemente.Saltar como una niña por la emoción. Hervir de locura por cualquier tontería que te haga ilusión: una peli,un cumpleaños, una canción... Fruncir el ceño ante una decepción y hacer que alguien se ría de ello. Encontrar de nuevo esa curiosidad y picardía que tantas veces me ha hecho levantarme de la cama. Ver tan solo el lado irónico de las cosas malas. Reír de exasperación y soltar un buen abrazo. Sonreír abiertamente porqué por fin llega el frío. Solamente ser uno mismo.
Y uf...echo tanto de menos ser así...
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